Mortal Kombat Chronicles: Giros del Destino

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Viseryon
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Mortal Kombat Chronicles: Giros del Destino

Mensaje por Viseryon » Dom, 19 Feb 2017, 09:23

No se si este lugar siga vivo pero, fuck it, lo publicaré de todas formas. Este es un fanfic que se desarrolla varios años antes del primer torneo, de acuerdo a la linea temporal que sigue MK9, enfocandose en el punto de vista de tres de mis personajes originalesl.

Summary: Ryu Aizawa busca venganza por la muerte de su padre. Junto a Tora y Euria, los tres se ven envueltos por varios peligros en el transcurso de su historia y es puesta a prueba tanto en sus habilidades como en sus debilidades. El destino de ella está marcado, solo debe elegir el camino correcto para llegar a él.

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Nada.

No veo nada más que detalles borrosos que mis ojos ya no alcanzan a distinguir.

No siento nada más que el calor del fuego chamuscando mi espalda.

No respiro.

Estoy muriendo lentamente mientras escucho lo que creo que son armas chocando entre sí; acero con acero.

Pronto no seré nada más que un cadáver calcinado.

¿Dónde estoy? No lo sé.

¿Cómo llegué aquí? No lo recuerdo.

¿Por qué estoy aquí? Creo que recordarlo, pero...

De todas formas ¿quién soy? O más bien ¿quién era yo? Una simple ladrona. Una simple ladrona cuya cabeza valía el oro suficiente para largarme hacia un lugar donde nadie me reconocería; donde mi nombre ya no sería aborrecido por entre las personas.

¿Qué nombre?

Aizawa Ryu.



[Mortal Kombat Chronicles: Twists of Destiny]

---

Mi historia comienza como la de cualquier persona común y corriente, aunque mi memoria tiende a fallar. No me pregunten el nombre del lugar donde nací, el nombre de mi aldea, pues no sabré responderles. Solo recuerdo un bosque y una cabaña a las afueras de éste. Esa cabaña la había construido mi padre, Aizawa Hayato, mucho antes de casarse con mi madre, Amane.

De ella no recuerdo mucho. Solo su cabello: negro, liso y tan largo que le llegaba hasta su cintura. No tengo memoria de su rostro o su voz, solamente de aquel cabello oscuro que olía a flores. ¿La amé? Tal vez como una pequeña niña ama a su madre, pero aun así no recuerdo cómo fue su muerte o si sufrí por haberla perdido. Solo tenía cuatro o cinco años cuando falleció, dejando a mi padre solo conmigo.

Poco tiempo después, mi padre y yo nos encontramos con un niño, unos años mayor que yo, que se encontraba mendigando entre las calles del pueblo. Mi padre, como era alguien con un enorme corazón, se apiadó de él y le dio refugio en nuestro hogar. Su nombre era Tora. Como era de esperarse, Tora era huérfano; su abuela, según dijo, con quien lo había abandonado su madre años atrás, había fallecido hace unos días, dejándolo solo contra el mundo. Mi padre se conmovió y le permitió quedarse con nosotros el tiempo que quisiera; con el paso del tiempo Tora y yo nos hicimos inseparables. Siendo honesta, siempre añoré con tener un hermano, o más bien, siempre añoré tener a alguien más quien me pudiera hacer compañía.

Mi historia comienza de esa forma, viviendo felizmente al lado de mi padre y mi hermano adoptivo. Lo que creí que era un mundo perfecto, apenas se estaba comenzando a derrumbar…


[Capítulo I]

Eran los últimos días del otoño. Un hombre y dos niños, armados con dos varas largas de madera jugaban a luchar entre sí, corriendo por los alrededores de una enorme pradera de hierbas que se habían tornado amarillas con la temporada, mientras que el padre los veía jugar. El joven padre veía con dulzura a su hija; la piel pálida de su rostro se sonrojaba de tanto corretear; su cabello largo y negro como ébano que ondeaba entre el viento al correr; la luz del sol del atardecer hacía deslumbrar sus ojos marrones, como los suyos, con un leve brillo rojizo en ellos, todo eso le hacía recordar a su difunta esposa que tanto extrañaba con él, pero él haría todo lo posible para salir adelante junto con su hija, eso es lo que ella hubiera deseado más en la vida.

–¡Ja! ¡Te pegué! – La niña gritaba emocionada, al darle un golpe a su compañero en el brazo. –Estás muerto ahora–
–No puedo morir por un golpe en el brazo, tonta– Aquel niño era más alto que ella por unos cuantos centímetros, y pocos años mayor que ella; pelirrojo de cabello liso y un poco largo, y de ojos castaños, le respondió mientras se sobaba el lugar donde había recibido el golpe de la espada de madera.
–¡Tú eres el tonto! – contestó la pequeña pisoteando el suelo debajo de ella y mirándolo con molestia.
–Ryu, Tora. Será mejor que se comporten o no tendrán su cuento de aventuras esta noche. –Hayato Aizawa les habló con severidad. Llevaba consigo un arco de madera de roble, y su carcaj colgado a sus espaldas, al igual que un par de aves gordas que había cazado recién para la cena de esa noche.
–¡No es justo! – Tora se quejó, lanzando su espada de madera muy lejos de ellos. –Nos perderemos la historia de esta noche gracias a Ryu–
–No habrá historia si ambos no se comportan antes de que lleguemos y no me ayudan a preparar la cena, si lo hacen, tendrán su cuento hoy, ¿les parece un trato justo? – Hayato caminaba a un lado de ambos, entregándole una de las aves al niño.
–A mí me parece bien– la pequeña Ryu respondió, empezando a usar su espadita como bastón, yendo del lado de su padre.
–Bien…– Tora refunfuñó y se cruzó de brazos. –Pero más vale que sea un cuento interesante o me molestaré–
–Tu siempre te molestas por todo– Ryu soltaba unas leves risillas a la vez que lo señalaba con su bastoncito.
–¡Mira quién habla! – respondió el pelirrojo.

Habían por fin llegado a su hogar, una casa hecha con madera que el mismo Hayato había cortado y con ella construyó su hogar para él, su esposa y su bebé que venía en camino. Eso fue hace casi 8 años, pero aun lo recordaba como si hubiera pasado hace unos días.

Los tres entraron a la casa, había suficiente espacio para Hayato y los dos niños. Comenzaron a preparar las aves para la cena de esa noche, desplumándolas con mucho cuidado; cocinaron sólo una de ellas y la que sobraba la guardaron para comerla al día siguiente, y habían dejado agua a hervir para la hora del baño. Las horas pasaban, se había hecho de noche y por fin, la cena fue servida, los dos pequeños devoraron una de las aves por completo entre ellos dos nada más. Hayato apenas y pudo probar bocado de la cena, pero eso ya era común entre ellos.
–Veo que ambos llegaron con hambre– Decía Hayato, siempre sonriendo.
–Nos hiciste esperar mucho, papá– Ryu respondió
–Cada cosa lleva su tiempo, solecito, si eres paciente, al final la recompensa será mejor de lo que esperas–
–Sí, y si sigues comiendo así te pondrás tan gorda como una vaca– Tora soltó una carcajada, había hablado mientras aún comía, y salpicaba pequeños trozos de comida en la mesita donde cenaban –Fuiste tú quien comió más de los dos, no sé dónde guardas todo–

La pequeña no dijo nada, solo lo miraba bastante molesta, y le dio un fuerte codazo en el costado. –¡Oye, eso dolió! – Tora reclamó volviendo a sobar la herida
–No creí que con tanta grasa pudieras sentirlo– contestó Ryu, con los brazos cruzados
–Niños. ¿Qué habíamos hablado? – Hayato miró a ambos niños muy seriamente. –Parece que no habrá historia esta noche…–
–¡No! Lo siento. Perdón. – Los dos dijeron al unísono y bastante exaltados. –¡Ya no pelearemos más!– volvieron a decir, juntando sus manos en busca de piedad. Hayato no hizo más que reír –Así me gusta. – dijo.
La hora de dormir había llegado por fin y con ella, la tan esperada historia que el padre de Ryu estaba a punto de contarles esa noche antes de dormir. El cazador metió a los niños en una misma cama grande donde los tres dormían durante la noche. Ryu y Tora sonreían emocionados, ansiosos porque empezara a contar su historia, metidos en la cama y cubiertos hasta el cuello.
–Muy bien. – Dijo Hayato finalmente –¿Qué historia quieren escuchar?–
–¡De aventuras! ¡Con samuráis, dragones, y enormes batallas!– Tora exclamaba emocionado, moviendo los brazos de un lado a otro
–¡De una princesa! ¿Puede haber una princesa en el cuento?– Ryu habló, apretando la sábana con la que se cubría.
–¿Princesas? Qué aburrido…– volvió a hablar el pequeño al lado de ella.
–¿Y qué tal una princesa guerrera?– Hayato intervino antes de que su hija pudiera golpear a su amigo –¿Eso te parece aburrido? –
–¡Sí! ¡Princesa guerrera! ¡Princesa guerrera! – Los ojos de la niña se iluminaron y comenzó a saltar sobre su cama con mucha emoción y una enorme sonrisa.

Imagen

Y no solo era una… eran tres princesas guerreras que vivieron hace mucho tiempo en un lugar muy, muy lejano. Las tres vivían en su reino junto a su padre, el emperador, un hombre ya muy viejo que el mismo las había entrenado y hecho luchar en sus ejércitos. Ninguna había podido ser derrotada en cada batalla en la que se enfrentaban. Las tres hermanas eran temidas por sus enemigos, respetadas por sus aliados y amadas por su pueblo...
–¿Cómo se llamaban las princesas? – Tora interrumpió.
–Se llamaban…– Se detuvo un momento, pensativo –La hermana menor, se llamaba Tsuki; la hermana del medio, se hacía llamar Gin; y a la mayor de todas, le llamaban Shiro. Un día, a las tres las hizo llamar su anciano padre y les dijo: “No pasará mucho tiempo antes de que tenga que partir de éste mundo, y mi último deseo es ver a mis tres bellas hijas casadas con hombres que sean merecedores de ellas.” Y así fue que su padre mandó ordenar a todo hombre soltero, justo y de buen corazón, y que esté interesado en pedir la mano de alguna de sus hijas, tendrá que luchar contra ella antes de permitir el matrimonio, pues el emperador no permitiría que sus nueros fueran más débiles que sus hijas.
Cada uno fue cayendo, uno tras otro, soldado, campesino, noble… Pasó mucho tiempo hasta que uno logró vencer a la hija menor: el hijo de un soldado. Tiempo después, un leñador fue quien pudo derrotar a la hija del medio. Pero por más que lo intentaban, cada uno era humillado por la hija mayor, Shiro, quien nunca consiguió a ningún hombre digno de ella….

–Pero luego encontrará a alguien que la querrá mucho, ¿no, papi? – La pequeña volvió a interrumpir a su padre un momento.
–No, tonta, así no va la historia– Le respondió Tora, empujándola a un lado
–¿Cómo sabes que no va así?
–Porque es muy fuerte y nadie la puede derrotar, así que se quedará sola por siempre, ¿o no?
–Por desgracia, Ryu, Tora tiene razón. – Hayato continuó –Shiro jamás consiguió marido, y era tan fuerte que nadie más se atrevía a enfrentarla, solo tres se atrevieron y salieron con las manos vacías y su trasero pateado– Los niños se rieron –Así que, sin esposo, dedicó el resto de su vida a atender a su padre y a liderar las batallas que se avecinaban. Pero un trágico día, la princesa Shiro fue vencida en la batalla, y su último deseo antes de morir era que las memorias de su vida jamás se borraran de éste mundo, así que con sus últimas fuerzas, tomó una roca en su mano y la sostuvo antes de dar su último aliento, y esa simple roca se transformó en un brillante pedazo de jade, en donde sus memorias yacen desde entonces, pero nadie ha podido encontrar jamás las memorias de la princesa Shiro…
–¿Y qué pasa si alguien encuentra la piedra de jade? – Ryu se encontraba abrazada de sus piernas y poniendo mucha atención en la historia de su padre
–La princesa aparece y te cumplirá lo que más deseas en este mundo– respondió Hayato, mirando a los dos niños a los ojos.
– ¿Lo que más deseo?
–Sí, solo mientras sea algo bueno.

Los niños, intrigados por la historia, se miraron el uno al otro por mucho tiempo, haciendo a Hayato reír por la expresión tan sorprendida en sus rostros.
–Muy bien, niños– Dijo –Es hora de que duerman ya, mañana iré solo al pueblo y no llegaré hasta el atardecer o después. –
–¿Te irás otra vez? – Ryu le preguntó, sonando algo triste al saber que su padre se iría
–Es por trabajo, solecito, tengo que hacer unas entregas pero volveré lo más rápido que pueda, ¿está bien? – La niña solo asintió con la cabeza, su sonrisa se había desaparecido de su rostro por completo al enterarse de aquello.
–Volveremos a practicar con el arco mañana antes de que me vaya, ¿sí? – Volvió a decir Hayato, viendo como la sonrisa de su hija se formaba de nuevo en sus labios.
–¡Sí! – dijo Ryu finalmente.

Cuando al fin se quedaron dormidos, Hayato apagó cada vela encendida en la habitación, y buscó su lugar en una pequeña orilla de la cama donde los niños dormían. Se recostó en la cama, bocarriba, lentamente cerrando sus ojos y pensando en todas las cosas que debía hacer para el día de mañana, cuando entonces sintió como uno de los niños comenzaba a moverse y se sentaba sobre la cama, abrió los ojos y observó cómo su hija, aun con los ojos cerrados, se acomodaba junto a él, poniendo la cabeza sobre su pecho, escuchando los latidos de su corazón. Él no hizo más que acariciarle el cabello, volviendo a cerrar los ojos, y suavemente le comenzó a tararear una nana que su madre solía cantarle cuando bebé. Era su rutina de cada noche.

Así, los tres se quedaron profundamente dormidos.

---

El amanecer había llegado. Apenas habiéndose asomado los primeros rayos de luz por su ventana, la pequeña Ryu se levantó de golpe para lavarse la cara y ponerse su ropa, todo mientras su padre y Tora aún seguían hundidos en sus sueños. A la pequeña le emocionaba la idea de ir de cacería y practicar el tiro con arco, siendo su padre su tutor. Anhelaba ser como su padre, ser excelente en el arte de la arquería, así que daría toda de ella para lograr ser tan buena como él, y aunque no quería admitirlo, tal vez incluso un poco mejor.

Cuando por fin terminó de arreglarse, se dirigió de prisa con su padre y lo llamaba mientras le sacudía el hombro varias veces para despertarlo –¡Papá! ¡Despierta, ya es de día! – le decía emocionada.
–¿Cuánto llevas despierta? – Hayato dijo en un bostezo y haciendo su cabello hacia atrás
–¡Vamos a practicar! ¡Me lo prometiste! Además, ya llevo el desayuno aquí. – La niña le mostró un saco pequeño de tela donde había puesto un montoncito de manzanas –Así desayunaremos mientras entrenamos.
–Me sorprendes cada día más, solecito– Su padre se acercó a ella para darle un dulce beso en la frente. –Bien, si todo está listo, entonces hay que salir ya. Dejemos que Tora duerma más a gusto. – Dijo al ver al niño que a pesar de su charla seguía durmiendo y roncando como si no hubiera nadie más con él.

Practicaron casi hasta el mediodía, Ryu tenía que acertar a los blancos que su padre le indicaba, poniendo una marca en un árbol o derribar un trozo de madera sin tirar los dos que se encontraban a los lados, objetivos que fueran fáciles para ella. Aunque no acertaba la mayoría de ellos, ni con la precisión que ella deseaba, su padre seguía animándola a seguir practicando por el resto de la tarde.
–¿Crees que algún día llegaré a ser tan buena como tú? – preguntó la niña con su arco aun en mano.
–Si no lo creyera, no estaría entrenándote ¿o sí? – su padre respondió, acariciando su cabeza.
–Quédate conmigo hoy, mañana haces esa entrega, ¡por favor! – Ryu le suplicaba, jalándolo del pantalón sucio que llevaba puesto. –Quiero seguir practicando contigo.
–Solecito, sabes bien que no puedo. – Entonces se arrodilló frente a ella para mirarla frente a frente, tomándola gentilmente por los hombros –Si no entrego lo que he cazado, se pudrirá la carne y perderemos dinero. No nos pagan mucho, si perdemos el poco dinero que nos dan, nos puede llegar a ir muy mal, ¿entiendes? –
–Entonces venderé mis cosas, así tendremos dinero y tú no tendrás que irte–
Hayato soltó una leve risa al escucharla –Lo haces sonar todo tan fácil…– le dijo a la vez que le pellizcaba la mejilla.

Finalmente, el momento de partir había llegado. Hayato preparó todo para el camino, colocó su mercancía, pieles y carne, en una carretilla, y ya estaba listo para partir. Tora y Ryu lo ayudaban a prepararse, y cuando estuvo listo, Ryu se acercó a su padre a abrazarlo con todas sus fuerzas antes de partir
–Vuelvo en unas horas– dijo Hayato –Tal vez vuelva más tarde de lo esperado, así que no me esperen despiertos–
–¿Entonces no habrá historia hoy? – Tora preguntó decepcionado
–Si cuando llegue aún siguen despiertos, tal vez les cuente una historia corta– Respondió el hombre con una gran sonrisa
–¡Nos quedaremos despiertos! – Los dos niños gritaron emocionados haciendo reír a Hayato
–Ya veremos si resisten para entonces– respondió finalmente, para después abrazarlos a ambos con fuerza. Un beso de despedida y ambos niños lo vieron partir, viéndolo cargar la pesada carretilla colina abajo, hasta que se perdió de vista. Ambos pequeños pasaron el resto de la tarde jugando fuera de casa, entrando y saliendo del bosque hasta la llegada crepúsculo.

La noche llegaba lentamente, el cielo comenzaba a tomar un color rojizo por detrás de las montañas y así como el sol se ocultaba, junto con él se llevaba el calor de sus rayos. Tora y Ryu vieron que era ya la hora de estar dentro de casa, y así lo hicieron. La pequeña jugaba con su muñeca de paja encima de la cama mientras imaginaba que su muñequita no era nadie más que la princesa de su cuento de anoche, imaginándola pelear contra ejércitos hechos de piedritas.
–¿Crees que papá nos contará más sobre la princesa?– preguntó Ryu mirando su muñeca
–¿Qué princesa?– respondió su amigo, quien estaba jugando con las cenizas de la madera en la hoguera donde cocinaban.
–La del cuento. La princesa Shiro.
–Ah, esa… No lo sé, tal vez nos vaya a contar una historia diferente.
–¡Le diré que nos cuente una de sus aventuras!– Ryu se levantó sobre la cama, como si fuera la mejor idea que había tenido en su vida
–¿Qué aventuras? Solo luchaba contra ejércitos.
–Deben haber más aventuras sobre ella ¡La princesa Shiro puede hacer lo que sea! – Ryu comenzaba a saltar sobre su cama, muy emocionada.
–Si eso dices…– fue lo único que el niño respondió, volteando los ojos y volviendo a lo que estaba.

La niña no podía esperar a que su padre llegara para que continuara contándole cuentos sobre aquella fuerte y valiente princesa, mirando de vez en cuando la ventana para ver si su padre ya venía en camino a casa. Pero poco a poco, por cada minuto que pasaba, sentía que el sueño comenzaba a invadirla, sentía los ojos tan pesados que le era imposible mantenerlos abiertos por más tiempo, así que se recostó en medio de la cama, con su muñeca aun en sus manos, y cayó en un profundo sueño.

–¡Ryu, despierta! – la voz de Tora la hizo despertar de golpe
–¿Qué? ¿Qué pasa?– preguntaba la niña algo exaltada –¿Ya llegó papá? – miraba para todos lados y estaba a punto de asomarse por la ventana cuando Tora la jaló por el vestido y la hizo volver de sentón hacia la cama
–¡No hagas eso! – Susurró –Hay alguien allá afuera.
–Debe ser papá…
–No, no es él. Son muchas personas. – El niño se le escuchaba preocupado. Ryu logró zafarse el vestido y volvió a aproximarse a la ventana –¡Ryu, no! – El niño le gritó, pero antes de que pudiera volver a tomarla por sus ropas escuchó la voz de alguien afuera.
–¡OYE, TÚ! – gritó la voz, haciendo que Ryu se apartara de la ventana lo más rápido posible. –¡VEN AQUÍ AHORA! – volvió a gritar la voz, parecía la de un hombre.
–¡Nos descubrieron! – dijo Tora, tomándose de los cabellos
–¿Qué hacemos ahora? – La niña, bastante asustada, tomaba su muñeca y estrangulaba entre sus brazos

–¿QUÉ CREES QUE ESTÁS HACIENDO? – decía la voz.
–Y-yo no estaba haciendo nada ¡Lo juro! – Respondió otra voz, la de un hombre asustado. Por un momento se les hacía conocida.
–¿ERES UN ESPÍA DEL BÁI LIÁNHUĀ?
–Yo… No sé de qué me hablan. N-no diré nada ¡Lo juro! ¡Déjenme ir!
–CLARO QUE NO DIRÁS NADA.

Comenzó a escucharse un forcejeo entre ambos hombres. Ryu no pudo soportar más, y volvió a asomar la cabeza por la ventana, y lo que sus ojos lograron ver la dejaron inmóvil. Era su padre, forcejeando con un hombre vestido de negro y rojo que sostenía una daga sobre él.
–¡PAPÁ! – La niña gritó, y saltó de la cama hacia la puerta para salir corriendo a asistir a su padre. Tora no dudó en ir tras ella, llamándola para que volviera al interior de la casa.

Hayato luchaba con todas sus fuerzas, sintiendo el filo del cuchillo en su cuello, hasta que con un último esfuerzo, pudo quitarse al otro hombre de encima, pateándolo en el estómago y se dirigió a su carretilla rápidamente, poniendo su carcaj a sus espaldas y tomando su arco. Tensó una flecha en el hilo del arco y la soltó, impactando con fuerza en el cráneo del extraño que lo atacó, quien apenas pudo ponerse de pie antes de que le perforaran la cabeza.

Ryu se quedó atónita, observando a su padre matar a otro hombre a unos cuantos metros de ellos. –¿Papi…?– fue lo único que pudo decir.
–¡Ryu! ¡Entra al bosque! ¡No es seguro aquí!
–¡PAPÁ, CUIDADO! – Ryu gritó con todas sus fuerzas al ver a otro de ellos abalanzarse sobre su padre con cuchillo en mano, pero Hayato fue rápido, y logró evadirlo. Luchaba contra él, usando su arco como escudo, y cuando el enemigo estaba distraído, lanzaba una flecha contra él a gran velocidad.

Más de ellos fueron apareciendo, estaban rodeados. Hayato disparaba todas las flechas que podía, pero sabía que no eran suficientes para matarlos uno por uno.
–¡ENTREN AL BOSQUE, AHORA! – Gritaba Hayato, desesperado –¡TORA, LLEVATE A RYU A…!– Hayato no pudo terminar de hablar.

El rostro de ambos niños se vio salpicado de rojo, quienes inmóviles, observaban a Hayato caer de rodillas con una daga atravesándole el cuello. El pobre hombre parecía intentar hablar, con la boca chorreando sangre y su mano estirada hacia los pequeños que lo veían morir lentamente, hasta que por fin, cayó al suelo. La daga se encajó más en su garganta al impactar contra la tierra.

Ryu quería gritar, más no podía; respiraba con pesadez; sentía que el viento soplaba frio en su rostro que se había humedecido por sus propias lágrimas; sus piernas le temblaban, no podía mantenerse de pie por más tiempo, y cayó de rodillas ante el cadáver su padre.

–¿Qué tenemos aquí? – Uno de los hombres dijo, tomando violentamente a Tora del cabello
–¡DÉJAME IR, IMBÉCIL! – el niño gritaba, y se quejaba del dolor, pero aun así forcejeaba contra él lo más que podía. Otro más se acercó a Ryu y la tomó por el brazo del misma forma que su compañero, sacándola de su transe, y en eso ella comenzó a gritar y a llorar de manera inconsolable.
–¡MATARON A MI PAPÁ! ¡LO MATARON!
–¡CIERRA LA BOCA, PERRA IDIOTA! – respondió el hombre, dándole una bofetada para callarla, haciéndola caer al suelo.

Tora observaba furioso la escena, el forcejeo entre él y su captor se intensificó y no pensó en más que en darle un puñetazo en la entrepierna con todas sus fuerzas
–¡DÉJALA EN PAZ, MALDITO IDIOTA! – gritaba el pobre niño desesperado por su amiga.
–¿El mocoso quiere pelear? Bien, si es lo que quieres…– el captor de Ryu se volteó hacia él, y lo recibió con un puñetazo en la cara. El pobre niño se tambaleó por el impacto, no pudo defenderse del segundo golpe, y al tercero, cayó inconsciente al suelo.
–¡TORA! ¡LO MATARON! – La niña volvía a llorar inconsolable, arrastrándose hacia el cuerpo de su amigo. Pero entonces sintió que alguien logró darle una fuerte patada en el costado, cayendo sin aliento donde estaba.

Logró voltear su cuerpo bocarriba, y los vio a todos ellos más de cerca, con una máscara extraña cubriendo sus rostros.
–Ahora nos divertiremos contigo…– uno de ellos dijo, a la vez que ponía sus manos alrededor de su cuello. El aire comenzaba a faltarle en sus pulmones, escuchaba lejanas las risas de los hombres alrededor suyo y su vista se nublaba poco a poco cuando entonces, no volvió a escuchar nada más, y todo fue consumido por una profunda oscuridad

[…]

Ojalá todo hubiera sido un mal sueño. Es lo que quería pensar. Cuando desperté todos se habían ido, excepto por el cadáver de mi padre, a unos cuantos metros de mí. No estaba como lo recordaba, le habían quitado la daga del cuello dejándole un hueco ensangrentado en su lugar. No encontraba a Tora por ningún lado. Intentaba llamarlo pero mi garganta me dolía a tal grado que no podía hablar en lo más mínimo. Cuando intenté levantarme sentí como mi cuerpo me dolía por cada movimiento que hacía. Las piernas me dolían, y sentí un dolor punzante en mi entrepierna, no entendía por qué, pero cuando miré hacia abajo, unos hilillos de sangre comenzaron a bajar por mis piernas.

Estaba aterrada.

No sabía lo que me habían hecho, pero por más que lo intentaba no podía llorar. No podía gritar.

Estaba sola. Por primera vez en mi vida estaba sola.

No recuerdo más sobre lo que ocurrió después. Solo sé que volví a casa y me recosté de nuevo en la cama, esperando a que papá volviera para contarme un cuento.

Yo solo quería mi cuento de esta noche.


[Fin del capítulo I]
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Don't turn your back... or expose your neck...

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